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May 11, 2026

EL NIÑO Y LA BESTIA: LA SENTENCIA QUE DIVIDIÓ AL IMPERIO

EL NIÑO Y LA BESTIA: LA SENTENCIA QUE DIVIDIÓ AL IMPERIO (Parte 2)

El silencio que se apoderó del Coliseo era tan absoluto que se podía escuchar el latido de los corazones de los cincuenta mil espectadores. En el centro de la arena, el león negro, una mole de músculos y cicatrices cuya sola presencia había sido la sentencia de muerte para cientos de gladiadores, permanecía inmóvil. Sus ojos dorados, que solían destilar una sed de sangre insaciable, estaban fijos en el pequeño niño encadenado.

El emperador, sentado en su palco elevado, se puso de pie, con los nudillos blancos de tanto apretar los apoyabrazos de oro. Su rostro, que siempre mantenía una máscara de frialdad impasible, ahora estaba deformado por una mueca de incredulidad y furia contenida.

"¡Ataca!", rugió el emperador, su voz resonando en todo el recinto. "¡Bestia estúpida, cumple tu propósito!"

El león soltó un rugido bajo, pero no fue un rugido de ataque hacia el niño. Se giró hacia el palco imperial y emitió un sonido gutural que hizo que la guardia personal del emperador diera un paso atrás por puro instinto de supervivencia. Luego, con una gracia antinatural, la bestia volvió a caminar hacia el niño y, ante la mirada atónita de la multitud, se sentó, envolviendo al pequeño con su enorme cuerpo, usando sus garras para romper las pesadas cadenas de hierro como si fueran simples hilos de seda.

El niño, temblando de miedo, apoyó su mano pequeña y sucia sobre la cabeza del león. El animal cerró los ojos y comenzó a ronronear, un sonido que vibró en la arena con la fuerza de un terremoto.

"Él no es malo", susurró el niño, y sus palabras, amplificadas por el eco de la arena, llegaron a los oídos de todos. "Él solo estaba hambriento de justicia, igual que yo".

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