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May 12, 2026

PARTE 2: LA FURIA DEL LOBO. El imperio de los impostores se topa con el hombre equivocado

El zumbido de las neveras viejas y el olor a café quemado parecían los únicos sonidos en la solitaria cafetería de la ruta 66. El hombre que la niña llamaba "papá", un sujeto de traje gris y mirada escurridiza, se congeló a mitad de camino entre la mesa y la salida. Su mano, oculta bajo la chaqueta, rozaba la culata de un arma.

Frente a él, sentado en la barra, Marcos —un motero de hombros anchos, barba canosa y una chaqueta de cuero gastada con el parche de un lobo aullando a la luna— dejó su taza de café con una calma que helaba la sangre.

—Ven aquí, pequeña —dijo Marcos, con una voz profunda, extendiendo su brazo tatuado hacia la niña. La pequeña no lo dudó; corrió a esconderse detrás de sus piernas, temblando como un cachorrito bajo la lluvia.

El impostor intentó recuperar la compostura, forzando una sonrisa que parecía más bien una mueca de pánico.

—Oye, amigo, no busques problemas —dijo el sujeto del traje, dando un paso al frente mientras sacaba lentamente el arma para intimidar—. Esa niña es mi hija. Ha estado viendo demasiadas películas. Camina, Sofía, nos vamos ya.

Marcos no se movió de su taburete, pero sus ojos negros se clavaron en el sujeto con la frialdad de un depredador que vigila a su presa. Con un movimiento lento, se desabrochó el puño de la chaqueta, revelando una vieja cicatriz militar y, colgada de su cuello, la réplica exacta de la insignia de lobo plateado que la niña llevaba grabada en su pequeño relicario de plata.

—Esta insignia no la tiene cualquiera —habló Marcos, y cada palabra sonaba como el estruendo de un motor en la noche—. Perteneció al escuadrón de rescate de las fuerzas especiales. Solo quedamos tres vivos. Y tú... tú hueles a miedo desde que cruzaste esa puerta. Así que te lo voy a preguntar una sola vez, escoria: ¿Quién te envió a buscar a la hija de Diana?

Al escuchar el nombre de Diana, el impostor supo que su tapadera se había ido al infierno. Desesperado, levantó el arma para apuntar a la cabeza de Marcos, pero el motero fue más rápido.

Con la agilidad de un rayo, Marcos pateó la mesa de formica, estrellándola directamente contra el pecho del sujeto. El arma salió volando, rompiendo una vitrina de cristal. Antes de que el impostor pudiera recuperarse, Marcos ya lo tenía del cuello, levantándolo varios centímetros del suelo con una sola mano y estrellándolo contra la pared de madera de la cafetería.

—¡Habla! —rugió Marcos, y la furia contenida por años de exilio pareció estallar en su rostro—. ¿Dónde está Diana? ¿Quién los persigue?

—¡Es... es el Sindicato! —asfixió el impostor, con los ojos desorbitados por la falta de aire—. Diana... Diana robó los archivos de la contabilidad secreta... Nos pagaron para atrapar a la niña y usarla como carnada... ¡Ella ya está muerta, Marcos! ¡La atraparon ayer en la frontera!

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