LA BAILARINA HIZO EL PASO SECRETO DE LA REINA DESAPARECIDA… Y EL PRÍNCIPE COMPRENDIÓ QUE LE HABÍAN MENTIDO DURANTE QUINCE AÑOS

Aquella noche, el gran salón del palacio de Valmora brillaba como pocas veces lo había hecho.
Centenares de velas iluminaban las columnas de piedra, los estandartes azul oscuro y burdeos colgaban de los arcos y, desde el fondo de la estancia, los músicos tocaban una melodía ligera mientras los nobles conversaban alrededor de largas mesas cubiertas de plata.
Era el último banquete del invierno.
Y nadie imaginaba que una simple danza estaba a punto de convertir una celebración en la noche más inquietante de la familia real.
En el centro del salón bailaba Inés de Córdoba, una artista ambulante conocida en varias cortes del sur por sus espectáculos.
Vestía un traje color crema y oro cuyos largos velos parecían flotar alrededor de ella cada vez que giraba.
Inés sonreía.
Los invitados también.
Dos damas cercanas al trono reían discretamente ante uno de sus movimientos teatrales. Incluso algunos de los guardias parecían luchar por mantener una expresión seria.
Solo una persona observaba sin apartar los ojos de la bailarina.
El príncipe Adrián de Valmora.
Tenía veintiséis años y llevaba sentado en aquel trono desde la muerte de su padre, aunque todavía no había aceptado formalmente la corona.
Al principio contemplaba el espectáculo con una expresión tranquila.
Hasta que Inés levantó el brazo derecho sobre la cabeza.
Su mano izquierda pasó lentamente detrás de la nuca.
Después giró la muñeca derecha hacia dentro.
Adrián dejó de respirar durante un instante.
Aquello podía ser casualidad.
Tenía que serlo.
Inés continuó girando.
Los velos dorados siguieron el movimiento de su cuerpo.
Entonces cerró ligeramente la mano derecha, separó ambos brazos y terminó el giro exactamente como Adrián lo recordaba.
La copa que sostenía el príncipe quedó inmóvil entre sus dedos.
Quince años.
Habían pasado quince años desde la última vez que había visto aquel movimiento.
—No puede ser… —murmuró.
La mujer sentada junto a él lo miró.
—¿Alteza?
Adrián no respondió.
En su memoria apareció una habitación que llevaba años intentando olvidar.
Él tenía nueve años.
Su madre cerraba las puertas para que ningún criado pudiera entrar y luego le enseñaba una antigua danza familiar.
«Mira bien, Adrián.»
Ella levantaba el brazo.
Tocaba su nuca.
Giraba la muñeca.
«Esto es nuestro secreto.»
El pequeño Adrián se había reído.
—¿Cómo se llama?
Su madre había pensado unos segundos antes de responder:
—La llave de las golondrinas.
La reina Elvira jamás realizó aquel movimiento ante la corte.
Adrián sabía que únicamente tres personas lo conocían: él, su madre y el anciano maestro de danza que había servido a la familia durante décadas.
Y, sin embargo, una desconocida acababa de reproducirlo perfectamente.
Inés terminó otro giro.
Adrián se levantó ligeramente del respaldo del trono.
—Detened la música.
Los instrumentos callaron.
También las conversaciones.
Inés permaneció quieta en mitad del salón.
El príncipe la observó.
—¿Quién te enseñó ese paso?
La sonrisa de Inés desapareció.
Durante unos segundos nadie se movió.
Después respondió:
—Vuestra madre.
Un murmullo atravesó el salón.
Adrián sintió que algo se quebraba dentro de él.
—Mi madre murió hace quince años.
Inés sostuvo su mirada.
—Entonces… alguien os mintió.
El silencio fue absoluto.
El comandante de la guardia dio un paso adelante.
—Alteza, permitidme interrogarla.
—Nadie la toca —ordenó Adrián.
El comandante se detuvo.
Inés parecía haber esperado aquella reacción.
Adrián bajó lentamente los escalones del trono.
—¿Dónde conociste a mi madre?
—Aquí no.
—Te he hecho una pregunta.
—Y yo os estoy diciendo que este salón tiene demasiados oídos.
Algunas miradas se dirigieron inmediatamente hacia los nobles.
Aquellas palabras cambiaron el ambiente.
Ya no se trataba únicamente de una mujer que afirmaba haber conocido a una reina muerta.
Inés estaba insinuando que alguien presente podía conocer la verdad.
Adrián ordenó terminar el banquete.
Una hora después, Inés fue conducida hasta la antigua biblioteca real.
No estaba encadenada.
Por orden expresa del príncipe.
Dentro solo se encontraban Adrián, el comandante de la guardia y el canciller Don Ramiro de Salvatierra, uno de los hombres que había servido a la corona desde antes del nacimiento del príncipe.
Don Ramiro observó a Inés con desconfianza.
—Puede haber aprendido ese movimiento de cualquier persona.
—No —respondió Adrián.
—Alteza…
—Yo sé lo que vi.
Inés miró al canciller.
Por primera vez desde que había entrado, pareció incómoda.
Don Ramiro lo notó.
—¿Me conocéis?
—Sé quién sois.
—Eso no responde a mi pregunta.
Inés guardó silencio.
Adrián se acercó.
—Dijiste que mi madre te enseñó aquella danza.
—Sí.
—¿Cuándo?
Inés respiró profundamente.
—Hace once años.
Adrián palideció.
Las palabras tardaron unos segundos en adquirir sentido.
Su madre había desaparecido quince años atrás.
Según la historia oficial, murió pocos meses después durante el ataque a la caravana diplomática que la transportaba al reino vecino.
Pero Inés afirmaba haberla visto cuatro años después de aquella supuesta muerte.
—Eso es imposible —dijo Don Ramiro.
—Yo también pensé que lo era —respondió ella.
Adrián se acercó todavía más.
—¿Dónde?
Inés negó con la cabeza.
—Antes necesito que me enseñéis una cosa.
—No estás en posición de exigir nada.
—Entonces jamás sabréis si digo la verdad.
El comandante puso una mano sobre la empuñadura de su espada.
Adrián levantó la mano para detenerlo.
—¿Qué quieres ver?
Inés miró hacia la puerta.
—El registro de fallecimiento de la reina.
Don Ramiro reaccionó de inmediato.
—Los archivos reales están prohibidos.
—Precisamente por eso.
Adrián volvió la mirada hacia el canciller.
—Traedlo.
—Alteza, esos documentos fueron sellados por vuestro padre.
—Mi padre lleva seis años muerto.
Don Ramiro dudó.
Finalmente inclinó la cabeza.
Media hora después regresó con una caja de madera oscura.
Dentro había varios documentos.
Adrián reconoció inmediatamente uno.
Lo había visto cuando cumplió dieciocho años.
El certificado oficial de la muerte de la reina Elvira.
Fecha.
Lugar.
Causa.
Testigos.
Todo estaba perfectamente registrado.
Inés apenas lo miró unos segundos.
Después señaló la parte inferior.
—Ahí está.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué?
—El sello.
En la esquina inferior aparecía el símbolo de la antigua oficina de mensajería real.
Una pequeña golondrina rodeada por un círculo.
—¿Qué tiene?
Inés sacó lentamente algo de debajo de su cinturón.
El comandante dio un paso hacia ella.
—Quieto —ordenó Adrián.
Inés colocó sobre la mesa una diminuta pieza de metal.
También mostraba una golondrina.
Pero en esta había una pequeña línea atravesando el ala izquierda.
Adrián miró alternativamente ambos símbolos.
Eran casi idénticos.
—No entiendo.
Inés señaló el documento.
—Ese sello dejó de utilizarse dieciséis años atrás.
Don Ramiro se quedó inmóvil.
El príncipe lo miró.
—¿Es cierto?
—No recuerdo los detalles administrativos de hace tantos años.
—Vos dirigíais la cancillería.
—Había cientos de sellos.
Inés intervino.
—La reina sí lo recordaba.
La temperatura de la habitación pareció descender.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Adrián.
—Cuando la conocí, llevaba meses intentando encontrar una copia de este documento.
—¿Por qué?
—Porque quería descubrir quién había certificado su muerte mientras ella seguía viva.
Adrián apoyó ambas manos sobre la mesa.
Su mente intentaba rechazar cada palabra.
—Dices que mi madre sabía que el reino la consideraba muerta.
—Sí.
—Entonces ¿por qué no regresó?
Inés bajó la mirada.
—Eso nunca me lo explicó.
—¿Dónde está?
Silencio.
—¿Dónde está mi madre?
—No lo sé.
Don Ramiro soltó una risa seca.
—Conveniente.
Inés lo miró fijamente.
—La última vez que vi a la reina fue hace diez años.
—Primero dijiste once.
—La conocí hace once. Desapareció un año después.
Adrián cerró los ojos.
Otra desaparición.
Como si su madre fuera una sombra condenada a desaparecer una y otra vez.
—¿Qué ocurrió?
—Una mañana dejó la casa donde vivíamos. No se llevó ropa. No se llevó dinero.
—¿Vivíais juntas?
—Durante algunos meses.
—¿Dónde?
Inés volvió a quedarse callada.
Don Ramiro golpeó la mesa.
—¡Basta! Esta mujer está jugando con vos.
Inés ni siquiera lo miró.
—Antes de desaparecer, vuestra madre me entregó tres cosas.
Sacó la pequeña pieza metálica.
—Esta era la primera.
Después levantó su brazo derecho y reprodujo lentamente el movimiento de la danza.
—Esta era la segunda.
Adrián tragó saliva.
—¿Y la tercera?
Inés miró directamente al canciller.
—Una frase.
Don Ramiro dejó de respirar durante un instante.
Fue casi imperceptible.
Pero Adrián lo vio.
—¿Qué frase?
Inés tardó en responder.
—«Cuando la golondrina vuelva al salón, mira al hombre que no se sorprenda.»
Nadie habló.
Adrián sintió un escalofrío.
Entonces comprendió.
Su madre no había pedido a Inés que realizara aquella danza simplemente para llamar su atención.
Era una prueba.
Adrián recordó el banquete.
Las damas habían reído.
Los nobles habían observado confundidos.
Los guardias no sabían qué ocurría.
Él había quedado paralizado.
Todos habían reaccionado.
Excepto…
Adrián miró lentamente al canciller.
Don Ramiro dio un paso atrás.
—Alteza, pensad bien lo que estáis haciendo.
—Cuando Inés realizó el movimiento… vos no preguntaste qué significaba.
—Porque no me interesan las danzas.
—Y cuando dijo que mi madre se lo había enseñado, tampoco parecíais sorprendido.
—Estáis interpretando gestos.
Inés habló con calma.
—Además conocíais mi nombre antes de que el príncipe lo pronunciara.
Don Ramiro palideció.
Adrián giró hacia él.
—¿Es verdad?
—Por supuesto que no.
—Cuando entraste aquí dijiste: «Puede haber aprendido ese movimiento de cualquier persona». Nunca preguntaste quién era.
El comandante de la guardia observó ahora al canciller con una expresión completamente diferente.
Don Ramiro retrocedió hacia la puerta.
—Alteza, esta conversación ha llegado demasiado lejos.
—¿Dónde está mi madre?
—Muerta.
—¿La viste morir?
Silencio.
—Te he preguntado si viste morir a mi madre.
Don Ramiro apretó la mandíbula.
—No.
Adrián sintió que las piernas casi dejaban de sostenerlo.
Quince años.
Quince años visitando una tumba vacía.
Quince años creyendo que nunca volvería a escuchar la voz de su madre.
—¿Quién certificó su muerte?
Don Ramiro no respondió.
El comandante se situó frente a la puerta.
Entonces ocurrió algo extraño.
Desde el pasillo llegó el sonido de una campana.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Don Ramiro cambió completamente de expresión.
Inés también.
—¿Qué significa eso? —preguntó Adrián.
Nadie respondió.
La campana volvió a sonar.
Tres golpes lentos.
Inés tomó la pieza metálica de la mesa y la giró.
En el reverso había unas palabras diminutas que Adrián no había visto antes.
TORRE NORTE. MEDIANOCHE.
Adrián miró hacia las ventanas.
—¿Qué hora es?
El comandante respondió:
—Medianoche, alteza.
Don Ramiro cerró los ojos.
—No vayáis.
Adrián se volvió hacia él.
—¿Por qué?
Por primera vez, el anciano canciller parecía realmente asustado.
—Porque si esa campana está sonando… significa que alguien sabía que la bailarina llegaría esta noche.
Inés palideció.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
Ella levantó la vista hacia Adrián.
—Porque nadie sabía que iba a venir al palacio.
—Yo envié la invitación —dijo el príncipe.
Inés negó lentamente.
—No, alteza.
Sacó de su vestido una carta doblada.
La puso sobre la mesa.
Adrián la abrió.
Era una invitación oficial.
Tenía su sello.
Su firma.
Pero él nunca había escrito aquella carta.
En la parte inferior había una frase añadida a mano.
Solo cuatro palabras.
Adrián reconoció la escritura inmediatamente.
La había visto cientos de veces durante su infancia.
Era la letra de su madre.
«Haz que recuerde la danza.»
Adrián levantó lentamente la cabeza.
—¿Cuándo recibiste esto?
Inés respondió casi en un susurro:
—Hace nueve días.
El príncipe sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Quién te la entregó?
—Un mensajero encapuchado.
—¿Lo viste?
—Solo durante unos segundos.
—¿Dijo algo?
Inés dudó.
—Sí.
—¿Qué?
Ella miró hacia la oscura ventana de la biblioteca.
La campana de la torre norte volvió a sonar.
Y entonces pronunció las palabras que hicieron que incluso Don Ramiro perdiera el color del rostro.
—Dijo que, si el príncipe reconocía la danza, debía llevarlo a la torre a medianoche.
Adrián sostuvo la falsa invitación con manos temblorosas.
—¿Y quién dijo que estaría esperándome allí?
Inés respondió:
—La reina Elvira.
Nadie volvió a hablar.
Porque, en aquel mismo instante, desde la torre norte del palacio —cerrada desde hacía quince años— apareció una luz detrás de una de sus ventanas.
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Una luz que no debería estar allí.
Y una silueta acababa de cruzar frente a ella.